lunes, 16 de noviembre de 2015

Atahualpa

Cuando Atahualpa tenía 16 años de edad su padre Huayna Cápac decidió dejar Cuzco y marchar con él y con su hermano Ninan Cuyuchi hacia el norte del imperio al mando de un gran ejército, dejando a su hijo Huáscar como incap rantin (vicegobernador) de Cuzco.
En Quito, Huayna Cápac encargó a Atahualpa el mando de una campaña militar para someter a los punaneños (del Golfo de Guayaquil) quienes se negaban a pagar sus tributos.
Fue en esta permanencia de más de 10 años junto a su padre y a hábiles generales como Chalcuchímac y Quisquis que Atahualpa aprendió el arte de la administración y el gobierno; los cronistas lo describían intelectualmente como alguien de "vivos razonamientos y con mucha autoridad".


Atahualpa fue el decimotercer emperador inca, y pese a que tuvo sucesores nombrados por los conquistadores españoles es considerado como el último gobernante del Imperio inca.

Ahí permanecieron juntos por más de 10 años sofocando rebeliones y conquistando nuevas tierras. En 1525, Huayna Cápac murió en Quito de una extraña enfermedad, posiblemente de viruela. Lo mismo sucedió con Ninan Cuyuchi, pero en Tomebamba. La epidemia de viruela llegó también a Cuzco y mató a dos de los cuatro correinantes de Cuzco, haciendo que Huáscar fuese el preferido de los cuzqueños para asumir el gobierno.
Tras ser nombrado emperador inca por los nobles cuzqueños, Huáscar fue víctima de un golpe de estado fallido. Esta acción hizo que reinara la desconfianza en Huáscar; esta desconfianza, a su vez, desencadenó la antipatía de los nobles incas contra Huáscar.
Preocupado por la estrecha relación de Atahualpa con el poderoso ejército norteño, Huáscar le ordenó ir a Cuzco. Atahualpa fue convencido por los generales norteños de no ir, ya que si lo hacía sería ejecutado. No obstante envió emisarios con obsequios para convencer a su hermano de su buena fe, mas este los toma como afrentas torturándolos y enviándoselos con regalos denigrantes. Atahualpa se enoja por el maltrato a sus sirvientes y a su persona y marcha con las veteranas legiones quiteñas bajo el mando de Quisquis y Calcuchimac hacia el Cusco, enviando a su vez el inca Huáscar su propio ejército al norte para dar inicio a la cruenta guerra civil inca.
Terminada la guerra tras trece batallas (Mocha, Ambato, tres en Tomebamba, Cusibamba, Cochahuailla, Bombón, Yanamarca, Angoyacu, Tavaray y dos en Cotabamba), Huáscar fue tomado prisionero por los generales Quisquis y Chalcuchimac. En 1533, cuando Atahualpa ya estaba preso, ordenó su ejecución, por temor a que los españoles le devolvieran el trono; es decir, que no llegaron nunca a verse las caras desde que se inició la guerra.


Hernando de Soto


La embajada de Hernando de Soto

Terminada la contienda, Atahualpa se dirigió rápidamente hacia Cajamarca, donde lo esperaban los españoles a quienes quería conocer. Cuando Atahualpa se hallaba en Pultumarka (actual Baños del Inca), a media legua de Cajamarca, Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto con 20 jinetes y un intérprete hacia el inca para decirle que lo estaban esperando en Cajamarca. Ahí, Atahualpa sorprendió a la embajada española, ya que según cuentan. Atahualpa confirmó que iría a Cajamarca al día siguiente.
Al día siguiente los españoles se escondieron en los principales edificios incas de la Plaza cajamarquina y esperaron. Unas horas después vieron el fenomenal ingreso de Atahualpa, con un desfile de 6.000 personas entre bailarines, nobles y guardias; cuya principal función no era combatir a los hispanos sino asustarlos y convencerlos de su poder; más aún, según los estándares de la guerra inca, creían que los extranjeros negociarían y se entregarían tras el banquete. Atahualpa esperaba encontrar al líder español con el cual comer y conversar, más al entrar a la plaza el único español que le salió al encuentro fue el fraile Vicente de Valverde, quien se comunicó con Atahualpa a través del intérprete Felipillo, aunque otras fuentes dicen que fue Maritimillo o ambos. El inca decidió tratar el asunto diplomático con el fraile compartiendo chicha en queros para iniciar la conversación, pero Valverde, temeroso de ser envenenado, lo tira al suelo enfureciendo al inca; después, para mayor indignación de este, efectuó el Requerimiento donde se le ordenó aceptar el cristianismo como religión verdadera y someterse a la autoridad del rey Carlos I de España y al papa Clemente VII. Acto seguido le entregó un misario y un anillo como regalo, Atahualpa al ver que carecían de significado para él, e indignado porque le insinuasen someterse a otro "señor" que ni conocía, los tiró al suelo. Esta acción fue el detonante para que el fraile saliera corriendo lleno de miedo y Pizarro diese la señal para el inicio del ataque. Los españoles rompieron el silencio al disparar su artillería y fusiles sobre los incas, y lanzaron la caballería.

Los súbditos que cargaban el anda de Atahualpa fueron también matados, pero según su función cuando algunos caían eran reemplazados de inmediato para evitar la caída de su señor. Al ver esta situación uno de los conquistadores intentó matar al inca con un cuchillo, pero Francisco Pizarro lo impidió atajándolo (inclusive se lastimó la mano al hacerlo) y ordenó que "nadie tocase al inca". 


Francisco Pizarro



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jueves, 12 de noviembre de 2015

Conquista de Tenerife


EFEMÉRIDES HISTÓRICA 13 de noviembre de 1.494.

La Primera Batalla de Acentejo, conocida también como La Matanza de Acentejo, fue una batalla que se produjo durante la conquista de la isla de Tenerife, en el Barranco de Acentejo en el año 1494. Aunque su fecha no puede atribuirse con exactitud, se estima que pudo haber ocurrido en mayo. Esta batalla da lugar al nombre del municipio homónimo en el norte de Tenerife, el cual, a su entrada, tiene un mural conmemorativo de este episodio. Es considerada como uno de los episodios más importantes de la Historia de Canarias, especialmente, por ser la principal derrota del ejército castellano durante la Conquista de Canarias en el siglo XV.

Tras la conquista de la isla de La Palma en 1493, todas las islas del archipiélago quedaron bajo mando castellano, a excepción de la isla de Tenerife, que seguía controlada por los guanches. Las tropas castellanas se internaron en Tenerife para poder tener el control de todas las islas, pero se encontraron con una resistencia mayor de la esperada. La contienda enfrentó, por una parte, a los aborígenes de la isla de Tenerife, capitaneados por el Mencey de Taoro, Bencomo, asistido por su hermano Chimenchia, y, por otra parte, al ejército castellano, en el cual también se integraron aborígenes de otras islas (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria), capitaneados por Alonso Fernández de Lugo.

Los Reyes Guanches



Desarrollo de la batalla

El ejército castellano se adentró desde el campamento en el territorio de Taoro, se apoderó de animales que pastaban por la zona y, confiándose al no encontrar presencia de los guanches, emprendió el camino de regreso. Por otra parte, el ejército aborigen los vigilaba y seguía por el monte para esperar la oportunidad de tenderles una emboscada, lo que se produjo en el barranco de Acentejo. Éste era un lugar de monte, con una cuesta hacia arriba con presencia de matorrales y arbustos, presentando una desventaja táctica a los jinetes castellanos, y, al mismo tiempo, una ventaja a los aborígenes de Tenerife, ya que eran oriundos de esta zona.
El desenlace de la batalla se saldó con una victoria de los aborígenes tinerfeños, utilizando como armas principalmente las pedradas y los bastonazos, frente a un ejército castellano tecnológicamente superior, obligando a los soldados castellanos supervivientes a retirarse a su campamento en Añaza (actualmente en Santa Cruz de Tenerife). Se dice que el pueblo de La Esperanza tiene ese nombre debido a la esperanza de salvación de los castellanos tras la huida de la batalla, al divisar desde esa zona montañosa el campamento en la costa.
El propio Alonso Fernández de Lugo salió malherido, pero pudo salvar su vida gracias a la ayuda de Pedro Benítez el Tuerto.



Historia de la derrota de los aborígenes de Tamarán


En una relación anónima datada en los siglos XVII o XVIII aparece recogida una historia que narra otro suceso acaecido tras la Primera Batalla de Acentejo: un grupo de aborígenes de Tamarán en Gran Canaria que lucharon junto a las castellanos se vieron obligados a refugiarse en una peña dentro del mar, a la que llegaron a nado, para huir de sus perseguidores guanches. Fueron derrotados fácilmente por el ejército Guanche.

Escudo de Tenerife



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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Tratado de Granada (1500)


El tratado de Granada fue una alianza militar pactada entre Luis XII de Francia y Fernando el Católico en los antecedentes de la guerra de Nápoles de 1501-1504, para repartirse entre ambos el territorio del reino de Nápoles, bajo el gobierno de Federico I. Sobre la base de los acuerdos, el norte del reino quedó en poder de Francia, y el sur en manos del reino de Aragón. Las discrepancias entre ambos firmantes llevaron dos años después al enfrentamiento armado, en el que las tropas aragonesas de Gonzalo Fernández de Córdoba expulsaron al ejército francés, quedando todo Nápoles en poder de Aragón.



En 1499 el recién coronado rey de Francia Luis XII, alegando sus derechos sobre el ducado de Milán como nieto de la princesa milanesa Valentina Visconti y sobre el reino de Nápoles como descendiente de los Anjou, dio comienzo a la guerra italiana de 1499-1501; envió hacia la península itálica un poderoso ejército que en abril de 1500 consiguió ocupar Milán, deponiendo y apresando al duque Ludovico Sforza y a su hermano Ascanio Sforza. Con la intención de tomar también Nápoles, buscó una alianza con la única potencia militar en la zona capaz de hacer frente a su ejército: la corona de Aragón, bajo el reinado de Fernando el Católico, planteando la posibilidad de dividir Nápoles entre ambos. La idea no era nueva: ya en 1497 Carlos VIII de Francia había hecho a Fernando la misma proposición en el transcurso de la primera guerra de Nápoles, aunque en aquella ocasión no se había llegado a un acuerdo.
Federico I de Nápoles, con el ejército y la hacienda maltrechos tras la primera guerra de Nápoles, entró en tratos con Luis XII, ofreciéndose a pagarle una contribución anual a cambio de la independencia de su reino y a permitir el paso de las tropas francesas hacia Sicilia, en poder de Aragón, y al mismo tiempo pidió ayuda a su pariente Fernando II de Aragón para hacer frente al francés. Éste, sabedor del doble trato del napolitano y considerando que una guerra contra Francia resultaría larga y costosa y que los derechos al trono de Nápoles recaían antes sobre él mismo que sobre Federico, se alineó con Luis XII, más dispuesto a quedarse con una parte del reino que a perderlo todo.

El tratado, justificado por la necesidad de hacer frente a la amenaza de los turcos que asolaban el Mediterráneo, fue firmado el 10 de octubre de 1500 en el castillo de Chambord, y ratificado por los reyes Católicos el 11 de noviembre del mismo año en Granada.4 El acuerdo recogía las condiciones siguientes:
Luis XII renunciaba a sus reclamaciones sobre Cerdaña y el Rosellón; Fernando de Aragón renunciaba al condado de Montpellier;
Ambos ejércitos participarían simultánea, aunque no conjuntamente, en la conquista militar del reino de Nápoles; las tropas francesas llegarían desde el norte, y las aragonesas por el sur;
Una vez conquistado Nápoles, el reino sería dividido entre ambos firmantes en dos partes iguales: Fernando se quedaría con las provincias del sur (Apulia y Calabria) con el título de ducados, mientras Luis mantendría la posesión sobre la zona central de la península italiana (las provincias de Abruzzo y Terra di Lavoro, que incluían las ciudades de Nápoles y Gaeta) con el título de rey de Nápoles y de Jerusalén. Los derechos sobre la doana (aduana) de Apulia, esto es, los impuestos recaudados por pastos, serían divididos a partes iguales.
El acuerdo se mantendría en secreto hasta que el ejército francés hubiese llegado a Roma.

Conquista y división de Nápoles
Ignorante del acuerdo, Federico I de Nápoles, cuyo reino se encontraba económica y militarmente debilitado tras la Primera Guerra de Italia, pidió ayuda a su pariente Fernando de Aragón para hacer frente a la amenaza francesa. En marzo de 1501, Gonzalo Fernández de Córdoba penetró con sus tropas en Nápoles, supuestamente para asistir a Federico, pero con órdenes secretas de ocupar la zona asignada en el tratado. En junio del mismo año, el acuerdo fue hecho público; el papa Alejandro VI lo aprobó, promulgando la deposición de Federico bajo pretexto de su colaboración con los turcos, y el ejército francés de Bérault Stuart d'Aubigny ocupó su parte correspondiente.
Incapaz de enfrentar a ambos contendientes, Federico fue depuesto del trono de Nápoles en octubre de 1501 y conducido a Francia, de donde se le prohibió salir; en compensación por la pérdida del reino recibió una pensión de 50 000 libras y el ducado de Anjou.



Ruptura del acuerdo
La buena convivencia entre franceses y españoles no duraría mucho: ya fuera por desconocimiento de la geografía napolitana —cosa dudosa— o por mala fe de ambas partes, el tratado consideraba el reino de Nápoles como dividido en cuatro provincias, cuando ya desde los tiempos de Alfonso I estaba organizado en doce.
Pronto surgieron las desavenencias entre los aliados por la posesión de la franja geográfica que separaba sus respectivos territorios —las provincias de Capitanata, Basilicata y Principado—, dando paso a los enfrentamientos armados en los que, a lo largo de 1502 y 1503, los ejércitos de Gonzalo Fernández de Córdoba derrotaron a las tropas francesas en las batallas de Ruvo, Seminara, Ceriñola y Garellano. En enero de 1504, Luis XII se vio obligado a ceder la totalidad del reino de Nápoles a Aragón mediante la firma del tratado de Lyon.


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lunes, 9 de noviembre de 2015

Virgen de la Almudena


La Virgen de la Almudena, o Nuestra Señora de la Almudena es una advocación mariana de la Virgen María. Es la patrona de la ciudad de Madrid y de la Archidiócesis de Madrid, siendo venerada en la Catedral de Santa María de la Almudena. Su festividad se celebra el 9 de noviembre.


Una tradición cuenta que al héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, se le habría aparecido la Virgen, pidiéndole que tomase la fortaleza de Mayrīt (مجريط). Al acercarse El Cid y sus acompañantes a la villa, se habría desprendido el fragmento de muralla donde se hallaba la figura, y así habrían podido entrar y tomar la ciudad.

El título es de claro origen árabe, y tradicionalmente se había considerado que provenía de la palabra "al-mudy" (almudín), que significa "depósito de cereales"; pero arabistas e historiadores especializados coinciden hoy en que el nombre procede de la palabra "al-mudayna", o sea, "ciudadela", el antiguo recinto militar amurallado que ocupaba la antigua colina donde hoy se asientan la Catedral y el Palacio Real de Madrid.


Palacio Real de Madrid


Las leyendas

Según la tradición, la imagen de Santa María de la Real de la Almudena, que anteriormente había sido denominada como "Santa María la Mayor", fue encontrada en el año 1085 durante la conquista de la ciudad de Madrid por el rey Alfonso VI de León en uno de los cubos o torreones adosados a la dicha muralla árabe, cerca de la Puerta de la Vega.
A pesar de no existir datos exactos sobre la antigüedad de la talla como del culto, existen documentos que indican que al menos tres siglos antes de ser encontrada fue ocultada por decreto del arzobispo Raimundo de Toledo. Sin embargo, todo apunta a que estos documentos fueron elaborados con posterioridad a la conquista cristiana de la ciudad para justificar la legitimidad de esta conquista como una Reconquista.

Existen varias tradiciones acerca del origen del nombre y la imagen. La primera cuenta que en el 712, antes de una supuesta toma de Madrid por los árabes, los habitantes de la Villa tapiaron una imagen de la Virgen en los muros de la muralla, para esconderla de los árabes. Con la Reconquista de la ciudad en el siglo XI por el rey Alfonso VI, se propusieron encontrar la imagen oculta. Después de días de plegarias, y mientras una procesión pasaba por la Cuesta de la Vega, el fragmento de muralla donde se encontraba cayó derruido, mostrando la imagen, que permanecía intacta y con las dos velas con las que había sido tapiada aún encendidas a pesar de los siglos transcurridos. 
Este tipo de leyendas proliferan en el siglo XIII de la mano de autores como Rodrigo Jiménez de Rada, entre otros, para afianzar la idea de una profunda tradición cristiana previa a la llegada de los musulmanes, tratándose de propaganda ideológica de la Reconquista. Una leyenda similar atañe a la antigua mezquita del Cristo de la Luz en Toledo, donde se dijo encontrar una imagen en circunstancias similares.



Parece más probable por tanto que la imagen primitiva fuese tallada en la Baja Edad Media, durante la repoblación cristiana de la ciudad, para ser colocada en el altar de la antigua mezquita mayor, ahora reconvertida en iglesia mayor de la ciudad (antigua iglesia de Santa María de la Almudena). En aquella época era muy común la titulación de los principales templos cristianos con advocaciones genéricas de la Virgen, Cristo y los santos, por lo que aquella iglesia se llamaría de Santa María. Probablemente, para diferenciarla de otras iglesias que fueron surgiendo en los arrabales de la primitiva ciudad islámica, se conocería al templo como Santa María de la Almudena, porque en árabe Al-mudayna quiere decir "la ciudadela", por estar encerrada en el primer perímetro amurallado de origen árabe, que a modo de ciudadela, quedaba encerrado en la muralla cristiana posterior. Es decir, se le pondría este nombre para distinguirla de las demás iglesias madrileñas dedicadas a la Virgen María.

Virgen de la Almudena



La imagen

La imagen que se conserva actualmente en la catedral de Madrid es de estilo Gótico tardío, realizada posiblemente entre los siglos XV y XVI. Representa a María como reina con túnica rojiza y rico manto recamado, con vuelta en color azul, que cubre sus hombros y cae en pliegues tubulares por delante. Sostiene al Niño, desnudo, con ambas manos. Es una talla de buena calidad artística, en madera dorada y policromada; se ha atribuido su realización al círculo de Sebastián de Almonacid o bien a Diego Copín de Holanda, ambos escultores activos en Toledo a finales del siglo XV.
La imagen de la Virgen reposa en un trono de plata, de estilo Barroco, que fue regalado por la Villa de Madrid en el año 1640, reinando Felipe IV; a su lado, dos grandes ciriales, asimismo de plata, de la misma fecha. Rodea la figura un recargado resplandor, con ráfagas y ángeles adoradores, y una media luna, símbolo inmaculista, a los pies; todo ello data del siglo XIX.

La talla de la Virgen se encuentra en el brazo derecho del crucero de la catedral, enmarcada por un retablo de tablas pintadas, gótico del siglo XIV, realizado por Juan de Borgoña, procedente de Oropesa (Toledo), y regalado por el cardenal Ángel Suquía. El retablo, colocado en alto, es accesible mediante unas escalinatas que bordean un arco escarzano, donde se encuentra la capilla funeraria de la reina María de las Mercedes de Orleáns, esposa de Alfonso XII, gran devota de la Virgen.

viernes, 6 de noviembre de 2015

ORÁN

Orán fue fundada en el siglo X por comerciantes musulmanes andalusíes liderados por Mohammed Ibn-Abi-Aoun y Mohammed Ibn-Abdoun como centro de intercambio entre el norte de África y Al-Ándalus.

A finales del siglo XIV, la ciudad recibió un gran número de judíos mallorquines, los cuales contribuyeron a la prosperidad de la población, convertida en el puerto de la también próspera Tremecén, situada más al interior. Esta migración sucedió tras la revuelta antijudía de 1391 en Sevilla cuando, dada la debilidad en que había quedado la comunidad de Mallorca, los judíos optaron por cruzar a África, para poder practicar su religión y evitar que los obligaran a convertirse al cristianismo.

La puerta de España en la alcazaba.

Tras la apertura de las rutas comerciales portuguesas en el Atlántico (que hacían innecesaria la travesía del desierto del Sáhara) y la caída del reino de Granada, en la Península Ibérica, Orán comenzó su declive, convirtiéndose en guarida de corsarios.

En 1509 fue tomada por tropas españolas bajo el mando del Cardenal Cisneros y de Pedro Navarro. Entre 1708 y 1732, la ciudad formaría parte del Imperio otomano, siendo reconquistada por el Conde de Montemar al frente de la expedición española a Orán.

La nueva etapa de soberanía española duraría hasta 1792. El progresivo control de la piratería y la negativa de los habitantes de la zona a comerciar con Europa, determinó la rápida pérdida de importancia del enclave, que cada vez, fue menos interesante para el Gobierno de Madrid. Sin embargo el final de la presencia hispana vino de la mano de una catástrofe natural. En la madrugada del 9 de octubre de 1790, un devastador terremoto destruyó la ciudad, causando numerosos muertos y sobre todo, afectando gravemente a las murallas. El rey Carlos IV ordenó iniciar negociaciones con el Bey de Argel que desembocaron en el tratado de paz y amistad firmado el 12 de septiembre de 1791.


La constante deserción por parte de la soldadesca española era la gota que colmaba el vaso para la desagradable decisión de ceder el territorio a los otomanos. 


Así en 1792 se hizo efectiva la soberanía de los turcos que gobernaban Argel, que la controlaron directamente a través de un gobernador. Fue un periodo de decadencia que duró hasta 1831, fecha en la que se inicia la colonización francesa. Bajo el dominio galo, la ciudad se convirtió en uno de los polos fundamentales de la colonia. Decenas de miles de colonos europeos se instalaron, muchos de ellos procedentes de España, en especial de la zona levantina y Andalucía, lo que hizo que fuera la ciudad más europea de los territorios que controlaban los franceses.
Con el inicio de la Guerra de Independencia de Argelia, este carácter europeo de la ciudad, hizo que fuera uno de los principales centros de resistencia al general De Gaulle y su política de abandono del territorio. El grupo OAS tuvo allí uno de sus principales bases de apoyo y realizó numerosos atentados, tanto contra los partidarios del gobierno de París como contra musulmanes independentistas.



Esta colonización se acabó en 1 de julio 1962, después de 8 años de guerra, tras el referéndum realizado en virtud de los Acuerdos de Evian, constituyéndose Argelia como país. Sin embargo, las celebraciones por la secesión terminaron abruptamente en una terrible tragedia. El día 5 de julio, tropas del FLN atacaron los barrios europeos desencadenando una matanza de civiles. Nunca hubo balance oficial aunque en la actualidad se estima en unos 700 los pied noirs asesinados y otros 100 musulmanes partidarios de la Argelia francesa. Las causas y responsables de esta matanza no se han aclarado así como la pasividad de las tropas y policía francesa durante todo el día. Lo cierto es que el Gobierno francés fue el primer interesado en echar tierra al asunto y ocultar la magnitud de lo ocurrido.

jueves, 5 de noviembre de 2015

1713, LA NUEVA PLANTA EN CASTILLA, 1º


Relanzamiento del reformismo francés en España.
1713-1714.

En 1713, la Corona española entró en crisis, pues la reina enfermó y el rey se desentendió de los asuntos de Gobierno. María Luisa Gabriela de Saboya moriría un año después, en febrero de 1714. El Gobierno fue gestionado por el grupo francés de la Ursinos, asistida por Jean Orry, Bergeyck, Pierre Robinet[1], marqués de Caylus, Claude Burlet (protomédico del rey desde 1708), Langrade (protomédico de la reina), la duquesa de Havre, Hersant (valet, es decir, ayuda de cámara de Palacio), La Roche (valet), princesa de Robeck, princesa de Santo Buono, apoyados por los españoles Pedro Manuel Nuño Colón de Portugal VII duque de Veragua y Alonso Manrique de Lara y Silva conde de Montehermoso y Fuensaldaña y, desde 1715, duque del Arco.

Con ese equipo francés colaboraban Melchor de Macanaz como Fiscal General del Consejo de Castilla y Juan de Dios del Río González marqués de Campoflorido como Gobernador del Consejo de Hacienda.

El nuevo embajador francés en España era Louis de Brancas marqués de Brancas.


Otros personajes que trataban de hacerse sitio en la Corte española eran los italianos duque del Popoli, y el Príncipe de Cellamare, los flamencos barón de Capres, Caballero de Croy (nacido francés), el Duque de Havre y el irlandés Caballero de Bourck.

Como decíamos, a partir de abril de 1713, España era dirigida por Marie Anne de Tremouille Princesa de los Ursinos (la Orsini) como agente de Luis XIV en España, oficialmente camarera de la reina. Era el triunfo de una idea distinta de gobernar España, una idea de cooperación entre franceses y españoles, significaba el fracaso de las políticas de imposición de Luis XIV desde Francia. Significaba la recuperación de dos grandes organizadores económicos, Orry y Bergeyck.

Jean Orry ya había estado en España en 1701-1706. En 1713 regresaba como Veedor General de Hacienda.

Jean de Brouchoven conde de Bergeick había sido enviado a Francia en enero de 1712 tras haber sido Superintendente General de Hacienda desde 20 de julio de 1711. En 1713 se iba a encargar de gestionar las manufacturas reales. Al regresar en 1713, se unió al partido de la Princesa de los Ursinos y la reina, ahora reformistas, y dieron un paso importante en la reforma hacia la centralización del Gobierno. El historiador Kamen considera a Bergeick fundamental en las reformas que se iban a implantar, como los Intendentes.

El problema principal del nuevo Gobierno era crear unas infraestructuras capaces de apartar a los Grandes del poder político, en los casos en que estaban en el Gobierno por el simple hecho de ser Grandes, aupados sin capacidad ni mérito para el puesto que decían desempeñar.

El equipo de la Ursinos estuvo en el Gobierno casi dos años, hasta febrero de 1715.

Luis XIV no era el derrotado políticamente en 1713. Las ventajas que Francia obtenía mediante el servicio de estos hombres al Gobierno español eran obvias: el monopolio castellano sobre el comercio americano se convirtió en pura teoría, pues la guerra y la alianza de Francia con España, eran motivo para que los franceses tuvieran derecho de avituallamiento en los puertos americanos, lo que aprovechaban para realizar comercio “ilegal” disfrazado de legalidad. En la práctica era imposible distinguir entre necesidades militares y comercio de particulares. Esta realidad, escandalizó a españoles e indianos, que veían limitados sus derechos comerciales mientras los franceses comerciaban libremente, y también a los británicos, que querían condiciones iguales a las francesas. Complementariamente, algunos negociantes franceses se instalaron en Cádiz, en el comercio legal, y desde allí enviaban algunos barcos a puertos franceses en concepto de retribuciones al estado francés por su aportación de hombres, armas y pólvora a la guerra española.

El viejo sistema de Gobierno de España.

En la península había un complejo sistema administrativo, fruto de la historia acumulativa de instituciones, y de la diversidad de territorios:

El sistema de Gobierno se basaba en los viejos Consejos, los cuales unos habían sido suprimidos y otros continuarán hasta 1834. Se habían suprimido el Consejo de Portugal, el Consejo de Flandes en 1703, el Consejo de Aragón en 1707, y se suprimiría el Consejo de Italia en 1717, y se mantuvieron el Consejo de Castilla, Consejo de Órdenes, Consejo de Hacienda, Consejo de Indias y Consejo de Guerra. El asunto en 1713 era eliminar progresivamente competencias a los Consejos e írselas atribuyendo a las Secretarías de Estado y Despacho. Pero entretanto, se originó un sistema muy complejo de Gobierno, que no eliminaba el “polisinodial” anterior (un Gobierno para cada territorio y varios despachos con competencias universales) y que añadía otro central, que perduraría hasta 1834-1836.




lunes, 2 de noviembre de 2015

Actas del (1733/1764) del Azúcar y de la Melaza


¿Qué son las actas del azúcar y de la melaza? Se trata de las leyes aprobadas por el Parlamento británico en 1733 y 1764, para la regulación de los gravámenes fiscales sobre la importación de azúcar y melaza en las colonias inglesas de América del Norte. Estas disposiciones pertenecían al cuerpo general de legislación del Imperio británico conocido como Actas de Comercio y Navegación, que durante los siglos XVII y XVIII reguló las relaciones comerciales con las colonias ultramarinas a fin de obtener los mayores beneficios para Inglaterra dentro de la doctrina económica del mercantilismo. Aunque tanto el contrabando como la piratería en general fueron subvencionadas por los gobiernos británico y holandés en un principio, llegó un momento en el que los mercados propios también se vieron influenciados negativamente por ésta sub-economía.  

Las Actas de 1733 y 1764 iban dirigidas a eliminar la importación ilegal de azúcar y melaza desde las colonias francesas y españolas en las Indias Occidentales. Los destiladores de ron de las colonias británicas obtenían la mayor parte de la melaza necesaria para su producción de las islas de Santo Domingo y Martinica, bajo dominio español y francés respectivamente, lo que perjudicaba a los plantadores de azúcar de las colonias inglesas de Jamaica y Barbados. Éstos, bien representados en el Parlamento inglés, exigieron al gobierno la protección de su producción mediante el monopolio del mercado norteamericano del ron. De ahí que en 1733 el Parlamento aprobara la primera Acta de la Melaza, que impuso un elevado gravamen arancelario (seis peniques por galón) a las melazas procedentes de colonias extranjeras. La adopción de esta medida no benefició a los plantadores británicos, ya que los destiladores norteamericanos recurrieron al comercio ilegal procedente de las Antillas españolas y francesas para seguir obteniendo melaza a un precio inferior. Las autoridades británicas eran incapaces de controlar este contrabando, debido a las dificultades que presentaba mantener un sistema aduanero eficaz en un medio geográfico de tal amplitud como el norteamericano, y a la complicidad de los mal remunerados funcionarios de aduanas con el comercio clandestino.


La ineficacia del Acta de 1733 y el aumento de los gastos de la administración imperial en las colonias americanas provocaron la adopción de una nueva legislación arancelaria en 1764, conocida como Ley de Ingresos. Dicha legislación fue el resultado del proyecto de reforma fiscal emprendido por el ministro británico George Grenville para obtener mayores ingresos ordinarios de las colonias norteamericanas. Los gastos de mantenimiento de los establecimientos coloniales, tanto civiles como militares, se habían disparado en las dos décadas anteriores: de unas 70.000 libras en 1748 habían pasado a 350.000 en 1764 debido a las guerras con Francia. El gobierno de Londres y la clase terrateniente inglesa consideraban que las colonias norteamericanas debían contribuir en mayor medida al mantenimiento del Imperio británico. Los colonos, en cambio, creían que su contribución llegaba al máximo de sus posibilidades económicas. Sin embargo, era un hecho que la guerra colonial con Francia había generado una deuda de 2.500.000 libras esterlinas. El Parlamento se responsabilizó de parte de esta deuda, pero las colonias debían afrontar el pago del montante mayor. Algunas provincias contribuían con sumas muy importantes. Massachusetts, por ejemplo, pagaba 37.500 libras, cifra muy elevada que no alcanzaban el resto de las colonias. Por otra parte, Inglaterra obtenía ingresos muy escasos de la ineficaz recaudación aduanera, así como de las rentas de las tierras del rey en las colonias norteamericanas. Los ingresos obtenidos mediante contribuciones indirectas (derechos portuarios o ingresos devengados del monopolio comercial) eran, en cambio, muy elevados, y alcanzaban los dos millones de libras anuales.

La primera medida adoptada dentro del marco de la Ley de Ingresos de 1764 fue el Acta del Azúcar y de la Melaza. Su finalidad era doble: por una parte, buscaba aumentar el capítulo de ingresos ordinarios obtenidos de las colonias; por otra, intentaba proteger la producción británica según las doctrinas mercantilistas que dominaban las relaciones comerciales de Inglaterra con sus colonias. La puesta en vigor de estas medidas implicaba la reforma y fortalecimiento del servicio colonial de aduanas, que hasta entonces se había descuidado debido a lo costoso que resultaba en relación a los escasos ingresos que se obtenían de él.

George Washington

El Acta de 1764 aumentó el gravamen sobre el azúcar refinado. En cambio, redujo de seis a tres peniques las tasas sobre las melazas extranjeras. Ello tendió a reforzar el monopolio virtual de los plantadores británicos de Jamaica y Barbados sobre el comercio de la melaza. Además, el Acta impuso tasas adicionales a gran número de artículos de lujo, como el café, la seda y diversas manufacturas consideradas suntuarias. Derogó asimismo los derechos aduaneros que gravaban las mercancías reexportadas a las colonias desde los puertos ingleses y amplió la lista de los productos coloniales que podían exportarse exclusivamente a Inglaterra. También canceló diversas exenciones que habían disfrutado hasta entonces las colonias, como la importación libre del vino de Madeira, bebida predilecta de las clases pudientes norteamericanas, que fue gravado con una nueva tasa de siete libras el barril, contra los diez chelines del vino de Oporto, cuya importación se hacía a través de Inglaterra. El Acta contemplaba además medidas para reforzar el servicio de aduanas. Entre ellas, el traspaso al Tribunal del Vicealmirantazgo de Nueva Escocia de la jurisdicción sobre los asuntos relacionados con los ingresos aduaneros del comercio marítimo, y el establecimiento de medidas muy severas contra los patronos de barcos dedicados al contrabando.

La bajada del impuesto sobre la melaza no resultaba tan temible para los productores norteamericanos como la posibilidad de una recaudación eficaz de las nuevas tasas arancelarias. Hasta entonces, los destiladores de ron de Rhode Island y Nueva Inglaterra se habían beneficiado de la ineficacia del sistema aduanero colonial mediante la explotación del comercio clandestino. La puesta en vigor de las medidas de control aduanero previstas en el Acta y la bajada de las tasas convertirían la importación ilegal de melazas extranjeras en un negocio poco rentable. El consiguiente pago forzoso de los impuestos de las melazas importadas supondría un encarecimiento brutal del precio del ron. Como escribiría posteriormente John Adams, “no es ningún secreto que el ron fue un ingrediente esencial en la Revolución norteamericana”.

Pero el Acta del Azúcar no sólo significó un perjuicio económico para las provincias británicas de América del Norte. También planteó un problema constitucional entre las colonias y su metrópolis. En el preámbulo del Acta de 1764 se explicitaba que la imposición de las nuevas medidas respondía a la necesidad de la Corona de incrementar sus impuestos ordinarios. Ello suponía proclamar la libertad de la Corona británica para imponer arbitrariamente medidas en su beneficio sin que las colonias pudieran intervenir en la elaboración de unas leyes que tan directamente les afectaban. La aprobación de estas medidas provocó un movimiento ciudadano de gran amplitud en las provincias de América del Norte. Las protestas se multiplicaron en distintos foros, desde organizaciones de comerciantes y destiladores, a reuniones ciudadanas y asambleas provinciales. Letrados como Samuel Adams, opuestos al ejercicio arbitrario de la autoridad imperial, proclamaron la ilegitimidad de la Corona para fijar “impuestos sin representación”. La oposición antibritánica, no obstante, permanecía aún desvertebrada.

Sin embargo, en 1765 una nueva disposición de Grenville, la Stamp Act o Ley del Timbre, conseguiría cristalizar dicha oposición en un movimiento políticamente organizado. Desde el punto de vista de la oposición legalista colonial, la imposición de la Ley del Timbre significaba una nueva muestra del ejercicio arbitrario del poder por parte de la Corona. La reacción de los medios intelectuales y políticos coloniales frente a las disposiciones de 1765-1765 planteó abiertamente la cuestión de la legitimidad del Parlamento británico para legislar sobre las colonias en todos los ámbitos y produjo la movilización de los grupos más poderosos y mejor organizados de la sociedad colonial norteamericana: letrados, comerciantes, clérigos, hombres de negocios, periodistas, etc. Personajes prominentes de todas las colonias, unidos en la organización “Hijos de la Libertad”, dirigieron el movimiento de oposición en diversas ciudades. Las Asambleas provinciales protestaron enérgicamente contra las medidas de Grenville. En la Cámara de Burgueses de Virginia se afirmó la inconstitucionalidad de la Ley de Ingresos y la incompetencia del Parlamento británico para imponer en la colonia nuevas tasas y gravámenes. Los negocios con Inglaterra quedaron prácticamente detenidos durante el verano de 1765. En octubre, se reunió en Nueva York, a propuesta de Massachusetts, una asamblea general de las provincias, conocida como Congreso de la Ley del Timbre. La asamblea adoptó, entre otras, dos resoluciones de gran trascendencia para las relaciones futuras de las colonias con la metrópolis: en primer lugar, la incapacidad del Parlamento inglés para emitir legislación tributaria sobre las provincias norteamericanas; en segundo lugar, la recomendación de un boicot sistemático a los productos importados desde Inglaterra.

Pese a la destitución de Grenville en agosto de 1765, el Parlamento británico no derogó el Acta del Azúcar y de la Melaza, ni renunció a sus prerrogativas en materia de impuestos sobre las colonias norteamericanas. En 1767, la aprobación de un nuevo paquete de medidas fiscales, conocido como Leyes de Townshend, provocó un nuevo movimiento de resistencia que, si bien no tuvo el cariz violento de algunas de las manifestaciones de 1764-1765, significó la ruptura definitiva de los medios políticos e intelectuales de la sociedad colonial norteamericana con Inglaterra y estuvo, por lo tanto, en el origen del movimiento independentista.

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