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martes, 20 de octubre de 2015


La inquisición en Sevilla

La Inquisición ocupa en la historia española de los siglos XVI y XVII, un lugar muy importante no sólo por su poder, sino por la mezcla de terror y veneración que inspira su nombre y que hace que su presencia se deje sentir constantemente en la vida ordinaria. La Inquisición era, en realidad, una institución independiente de la Iglesia y respaldada por la Corona para perseguir a los falsos cristianos y a los herejes.
Creada por los Reyes Católicos en su versión moderna, comenzó a funcionar en Sevilla en el año 1481. Fue en Sevilla donde se aprobaron las primeras reglas (1484) inquisitoriales ampliadas años más tarde hasta integrar las llamadas Instrucciones Antiguas. Fue en Sevilla donde los conversos, sin duda, desde el Cabildo, y como en otras partes, se opusieron a la implantación del Tribunal. Fue un arzobispo de Sevilla, Pedro González de Mendoza el verdadero fundador de la Inquisición Moderna y, desde entonces, Sevilla contó con arzobispos-inquisidores generales. Todo ello porque era un ciudad con notables minorías judeo-moriscas y un gran centro mercantil abierto al tráfico de todas las naciones, por lo que era un lugar idóneo para la presencia y difusión de ideologías no católicas, en particular la luterana.



El Tribunal del Santo Oficio inició su actuación teniendo como sede el convento de San Pablo de los dominicos. La orden dominica, jugándose su prestigio y tratando por todos los medios de aventajar a su más próxima rival, la Orden Franciscana, no tuvo empacho en convertir su convento en cárcel pasajera de los hombres y mujeres "más culpados" de la herejía, al menos de los seis que inauguraron el quemadero de Tablada el 6 de febrero de 1481. Allí fueron quemados seis hombres y mujeres en los llamados "cuatro profetas", "cuatro grandes estatuas huecas de yeso... dentro de las cuales metían vivos a los impenitentes para que muriesen a fuego lento". En el auto predicó el dominico Fray Alonso, "celoso de la fe de Jesucristo fue el que más procuró en Sevilla esta Inquisición". En el segundo auto, que se celebró a finales de abril de 1481, se procesó al famoso Pedro Fernández Benadeva, participante de la conjura de los conversos, en la collación de San Juan de la Palma. Este caso se recordaría en las coplillas burlescas de la chiquillería: "Benadeva, dezí el Credo / ¡Ax, que me quemo!", narraba Sebastián Pinelo en 1569 -con 75 años- que oyó cantar siendo muchacho.

El convento de San Pablo se rodeó así de lúgubre fama, acrecentada con el paso de los años. Según afirmó en 1612 el abad Gordillo, los inquisidores "celebraban en su convento... los autos y ejemplares castigos que en los herejes y tornadizos convenían que se hiciesen, y en su iglesia ponían los sambenitos, y aun es fama constante que dentro de la cerca del mismo convento hicieron sus cárceles y ejecutaban las penas de fuego que imponían". Al profesor Juan Gil se le hace duro de creer que parte del recinto dominico se hubiera convertido en mazmorra inquisitorial; la tradición, descabellada a primera vista, queda avalada por la fuente anteriormente citada, aunque ya se le atragantó a Ortiz de Zúñiga, que procuró maquillar en lo posible una crueldad inaceptable ya para la sensibilidad de su tiempo.





Pero pronto tuvo que trasladarse al Castillo de Triana, a orillas del Guadalquivir; aquí residió durante todo el siglo XVI aunque no todas las dependencias del Tribunal radicaron en él, por ser pequeño dado el extraordinario desarrollo que fue alcanzando en el transcurso del tiempo.

La composición del Tribunal en Sevilla durante esta época fue de tres inquisidores, un fiscal, un juez de bienes confiscados, cuatro secretarios, un receptor, un alguacil, un abogado del fisco, un alcaide de las cárceles secretas, un notario de secreto, un contador, un escribano, un nuncio, un portero, un alcaide de la cárcel perpetua, dos capellanes, seis consultores teólogos y seis consultores juristas, más un médico. Además la Inquisición disponía de la colaboración de los "familiares", que constituían una especie de policía, a menudo fanática, y que disfrutaba de los privilegios de escapar a la jurisdicción de los demás tribunales, estando autorizado a portar armas.

Estas y otras ventajas provocaban roces y disputas con las autoridades seculares, y a veces por motivos nimios. M.E. Perry cita un caso en 1637 en el que un funcionario de la Inquisición se negó a ayudar a unos jueces que habían volcado su coche. Los jueces, molestos por esta actitud, le impusieron una multa de 200 ducados, que la Inquisición se negó a pagar. El Asistente mandó 50 soldados para confiscar bienes del Tribunal por el valor de la multa. La Inquisición contestó excomulgando a seis oficiales de la justicia que habían intervenido en el caso. Nueve días más tarde, sin embargo, llegó la orden de Madrid de suspender la excomunión y de rebajar la multa a 50 ducados.

Sevilla siglo XVI


El celo del Tribunal afectaba a herejes, bígamos, blasfemos, usureros, sodomitas, brujos, hechiceros y clérigos acusados de deslices sexuales. La condición de los condenados era muy variada, demostrando la extensión y filtración de los conversos: alcalde de Olivares, jurado, escribanos, alcalde ordinario, secretario del duque de Medina Sidonia, religiosos, lombardero, cambiador, corredor de lonja, físico, curtidor, vinatero, trapero, calero, toquero ... Únicamente se liberaban de su ámbito los obispos y las órdenes religiosas sujetas directamente al papado. Sin embargo, el Tribunal se esforzó por someter a frailes y ello originó múltiples querellas, zanjadas sólo a principios del XVII en que triunfó la Inquisición.

Pero la labor esencial del Santo Oficio era la de perseguir y juzgar a los falsos conversos. Los autos de fe que se celebraron en Sevilla tuvieron lugar, primero en las gradas de la Catedral, y más tarde en la Plaza de San Francisco, aunque la mayoría tuvieron lugar en la iglesia de Santa Ana, además de la de San Marcos y en el convento de San Pablo. En todos estos lugares acudía una gran multitud, que solía participar de una manera enfervorizada en todo el complicado ceremonial que llevaban aparejados estos actos. Famosos fueron los de 1546, en el que salieron condenadas 70 personas a diversas penas, o el de 1560, por el que fueron condenados a la hoguera los doctores Egidio y Constantino. En este siglo XVI, constan Autos de Fe en Sevilla en los años 1524, 1546, 1559, 1560, 1562, 1570, 1571, 1573, 1574, 1575, 1578, 1579, 1580, 1586, 1592, 1596 y 1599.




Normalmente los autos eran anuales, (2) a celebrar antes o después de la Cuaresma, aunque no siempre. Un auto costaba mucho dinero (en 112.500 maravedíes se calculó el valor de cada uno en Sevilla hacia 1600) y el Tribunal siempre anduvo flaco de fondos, pues se nutría de multas y confiscaciones. No obstante, un inquisidor podía cobrar de salario ordinario 100.000 maravedíes anuales, más, entre otras gabelas, 50.000 de ayuda de costas. El médico percibía 50.000 maravedíes de salario. A estos había que añadir las retribuciones de los pintores de corozas y efigies, el verdugo,...

En cuanto al Auto, condena y suplicio digamos que la condena tenía lugar donde se celebraba el auto y el suplicio en otro sitio; los primeros, que llegaron a tener carácter de fiesta y regocijo público, se celebraron en las Gradas de la Catedral, el lugar más concurrido de la época. El cadalso se colocaba a las espaldas del Sagrario Viejo y el tablado para los convidados en los portales, "frente a donde se vendían las zapatillas". El azote público solía celebrarse en la Puerta del Perdón y la hoguera en el quemadero de Tablada. Éste de la hoguera, la mayoría de los relajados la sufrieron en efigie, es decir, no en persona. Por ejemplo, es el caso de Egidio, que murió en 1555, fue condenado en 1560, como hemos visto.

Una época de gran actividad fue la transcurrida desde 1481, en que se instruyen los primeros procesos en Sevilla, hasta 1524, en que se quemaron a más de 1.000 personas y otras 20.000 abjuraron. Estas impresionantes cifras son citadas por el cronista Ortiz de Zúñiga, que las extrajo de una placa que había en la puerta del castillo inquisitorial de Triana. Pero debemos tener en cuenta que, considerando que la mayoría de los condenados lo eran en efigie, la lápida quizá recogiese los reales y los muertos en figura.

El más importante de los celebrados en las Gradas fue el del año 1546, que por iniciativa del Inquisidor don Fernando Valdés, tuvo extraordinaria solemnidad. Salieron condenas en el auto setenta personas: veintiuna para el quemadero, siete mujeres y catorce hombres; y condenados a retractación y cárcel perpetua, dieciséis. La casa de uno de los reos se arrasó y sembró de sal. En la ceremonia religiosa predicó Gonzalo de Millán, administrador del Hospital del Cardenal. El auto fue larguísimo, pues empezó a las diez de la mañana y terminó al anochecer.




Fuente; Universidad de Sevilla.

jueves, 8 de octubre de 2015

Composición de los tribunales

Composición de los tribunales[editar]

Cada uno de los tribunales contaba al inicio con dos inquisidores, un «calificador», un alguacil y un fiscal. Con el tiempo fueron añadiéndose nuevos cargos.
Los inquisidores eran preferentemente juristas, más que teólogos, e incluso en 1608 Felipe III estipuló que todos los inquisidores debían tener conocimientos en leyes. Los inquisidores no solían permanecer mucho tiempo en el cargo: para el tribunal de Valencia, por ejemplo, la media de permanencia en el cargo era de unos dos años.18 La mayoría de los inquisidores pertenecían al clero secular (sacerdotes), y tenían formación universitaria. Su sueldo era de 60.000maravedíes a finales del siglo XV, y de 250.000 maravedíes a comienzos del XVII.
Estructura de la Inquisición.
El procurador fiscal era el encargado de elaborar la acusación, investigando las denuncias e interrogando a los testigos.
Los calificadores eran generalmente teólogos; a ellos competía determinar si en la conducta del acusado existía delito contra la fe.
Los consultores eran juristas expertos que asesoraban al tribunal en cuestiones de la casuística procesal.
El tribunal contaba además con tres secretarios: el notario de secuestros, quien registraba las propiedades del reo en el momento de su detención; el notario del secreto, quien anotaba las declaraciones del acusado y de los testigos; y el escribano general, secretario del tribunal.
El alguacil era el brazo ejecutivo del tribunal: a él competía detener y encarcelar a los acusados.
Otros funcionarios eran el nuncio, encargado de difundir los comunicados del tribunal, y el alcaide, carcelero encargado de alimentar a los presos.
Además de los miembros del tribunal, existían dos figuras auxiliares que colaboraban en el desempeño de la actividad inquisitorial: los familiares y los comisarios.
Los familiares eran colaboradores laicos del Santo Oficio, que debían estar permanentemente al servicio de la Inquisición. Convertirse en familiar era considerado un honor, ya que suponía un reconocimiento público de limpieza de sangre y llevaba además aparejados ciertos privilegios. Aunque eran muchos los nobles que ostentaban el cargo, la mayoría de los familiares eran de extracción social popular.
Los comisarios, por su parte, eran sacerdotes regulares que colaboraban ocasionalmente con el Santo Oficio.
Uno de los aspectos más llamativos de la organización de la Inquisición es su forma de financiación: carentes de un presupuesto propio, dependían exclusivamente de las confiscaciones de los bienes de los reos. No resulta sorprendente, por tanto, que muchos de los encausados fueran hombres ricos. Que la situación propiciaba abusos es evidente, como se destaca en el memorial que un converso toledano dirigió a Carlos I:
Vuestra Majestad debe proveer ante todas cosas que el gasto del Santo Oficio no sea de las haciendas de los condenados, porque recia cosa es que si no queman no comen.19

El proceso[editar]

Los inquisidores buscaban establecer la veracidad de una acusación en materia de fe (precisamente el verbo inquiro, en latín, significa "buscar" e inquisitio, la "búsqueda"). El procedimiento que empleaban rompió con la forma medieval de justicia basada en el proceso acusatorio en el que el juez decidía si la parte que acusaba había aportado las pruebas suficientes para demostrar lo que afirmaba. Para evitar las acusaciones sin fundamento el que acusaba corría el riesgo de ser condenado a la misma pena que le hubiera correspondido al acusado si lo que afirmaba se demostraba que era falso. Esto no ocurría en el proceso inquisitorial en el que el juez podía actuar de oficio sin necesidad de que un acusador inicie la acción judicial o por denuncias que recibía, sin que el que las hacía corriera ningún riesgo de ser condenado si lo que decía se demostraba falso. Pero la diferencia fundamental entre el proceso inquisitorial y el proceso acusatorio estaba en el papel del juez, que deja de ser una parte "inactiva" del proceso ya que es quien toma las declaraciones, interroga a los testigos y al acusado y finalmente emite el veredicto. Así, según Josep Pérez, el inquisidor "reúne en su persona la función de policía y el poder de juez aunque, según el derecho canónico, no asume la función de acusador, ya que lo único que pretende es establecer la verdad [inquisitio] con imparcialidad y no acabar con su adversario". Pérez concluye: "los inquisidores son jueces y parte, acusadores y jueces; se conserva la figura del fiscal, pero su función se limita a mantener la ficción de un proceso que enfrenta a dos partes. [...] En realidad, el fiscal es un inquisidor como los demás, salvo que no participa en la votación de la sentencia".20
Así pues, la Inquisición no funcionó en modo alguno de forma arbitraria, sino conforme al derecho canónico. Sus procedimientos se explicitaban en las llamadas Instrucciones, elaboradas por los inquisidores generales Torquemada, Deza y Valdés.
Las instrucciones de Torquemada fueron publicadas el 29 de octubre de 1484 con el nombre de Compilación de las instrucciones del Oficio de la Santa Inquisición. En ellas se recogen las reglas de procedimiento de la Inquisición pontificia tal como figuran en la Practica inquisitionis (1324) de Bernardo Gui o en Directorium inquisitorum (1376) de Nicholas Eymerich. Los inquisidores generales Diego de Deza y Cisneros añadieron algunas disposiciones que fueron publicadas en 1536 por orden del inquisidor general Alfonso Manrique de Lara. Finalmente en 1561 el inquisidor Fernando de Valdés publicó las últimas instrucciones que estarán vigentes hasta la abolición de la Inquisición española, aunque como señala Joseph Pérez, "las circulares del Consejo supremo, las cartas acordadas, aportan precisiones cuando la ocasión lo requiere".

La Inquisición en el siglo XVIII

La Inquisición en el siglo XVIII[editar]

La llegada de la Ilustración a España desaceleró la actividad inquisitorial en la segunda mitad del siglo XVIII. En la primera mitad aún se quemó en persona a 111 condenados, y en efigie a 117, la mayoría de ellos los denominados «judaizantes». En el reinado de Felipe V el número de autos de fe fue de 728. Sin embargo, en los reinados de Carlos III y Carlos IV sólo se quemó a cuatro condenados.

Con el Siglo de las Luces la Inquisición se reconvirtió: la nuevas ideas ilustradas eran la amenaza más próxima y debían ser combatidas. Las principales figuras de la Ilustración Española fueron partidarias de la reforma de la Inquisición y en algún caso de su abolición. Muchos de los ilustrados españoles fueron procesados por el Santo Oficio, entre ellos Olavide, en 1776; Iriarte, en 1779; yJovellanos, en 1796. Éste último elevó un informe a Carlos IV en el que señalaba la ineficacia de los tribunales inquisitoriales y el desconocimiento que los actuantes tenían:
frailes que toman [el puesto] sólo para lograr el platillo y la exención de coro; que ignoran las lenguas extrañas, que sólo saben un poco de teología escolástica...
En la nueva tarea, la Inquisición trató de acentuar su función censora de las publicaciones, pero encontró que Carlos III había secularizado los procedimientos de censura y, en muchas ocasiones, la autorización del Consejo de Castilla chocaba con la más intransigente postura inquisitorial. Generalmente era la censura civil y no la eclesiástica la que terminaba imponiéndose. Esta pérdida de influencia se explica también porque la penetración de obras extranjeras ilustradas se hacía a través de miembros destacados de la nobleza o el gobierno,w personas influyentes a quienes era muy difícil interferir. Así entró en España, por ejemplo, la Enciclopedia Metódica, gracias a licencias especiales otorgadas por el Rey.

Condenada por la Inquisición española que lleva una coroza con dibujos de llamas lo que significa que va ser quemada en la hoguera por hereje (grabado de la serie Los Caprichos de Francisco de Goya).
No obstante, a partir de la Revolución francesa, el Consejo de Castilla, temiendo que las ideas revolucionarias terminasen por penetrar en España, decidió reactivar el Santo Oficio a quien se encomendó encarecidamente la persecución de las obras francesas. El 13 de diciembre de 1789 un edicto inquisitorial, que recibió el beneplácito de Carlos IV y del Conde de Floridablanca, dictaminó que:
teniendo noticias de haberse esparcido y divulgado en estos reinos varios libros ... que, sin contentarse con la sencilla narración de unos hechos de naturaleza sediciosos ... parecen formar un código teórico y práctico de independencia a las legítimas potestades .... destruyendo de esta suerte el orden político y social... se prohíbe la lectura, bajo multa, de treinta y nueve obras en francés
No obstante, la actividad inquisitorial se vio imposibilitada ante la avalancha de información que cruzaba la frontera, reconociendo en 1792 que
la muchedumbre de papeles sediciosos ... no da lugar para ir formalizando los expedientes contra los sujetos que los introducen...
La lucha contra la Inquisición en el interior se produjo casi siempre de forma clandestina. Los primeros textos que cuestionaron el papel inquisitorial y alababan los ideales de Voltaire o Montesquieuaparecieron en 1759. Tras la suspensión de la actividad censora previa por parte del Consejo de Castilla en 1785, el periódico El Censor inició la publicación de protestas contra la actividad del Santo Oficio mediante la crítica racionalista e, incluso, Valentín de Foronda publicó Espíritu de los mejores diarios, un alegato en favor de la libertad de expresión que se leía con avidez en los ateneos; igualmente, el militar Manuel de Aguirre, en la misma línea, escribió «Sobre el tolerantismo» en El CensorEl Correo de los Ciegos y El Diario de Madrid.x
El último reo quemado fue la beata Dolores, en Sevilla (1781).y
Durante el reinado de Carlos IV y, a pesar de los temores que suscitaba la Revolución francesa, se produjeron varios hechos que acentuaron el declinar de la institución inquisitorial. En primer lugar, el Estado iba dejando de ser un mero organizador social para tener que preocuparse por el bienestar público y, con ello, tenía que plantearse el poder terrenal de la Iglesia, entre otras cuestiones, en los señoríos y, de forma general, en la riqueza acumulada que impedía el progreso social.z Por otro lado, la permanente pugna entre el poder del Trono y el poder de la Iglesia se inclinó cada vez más de parte de aquél, en donde los ilustrados encontraban mejor protección a sus ideales. El propio Godoy se mostró abiertamente hostil a una institución cuyo único papel había quedado reducido a la censura y que mostraba una leyenda negra internacional de España que no convenía a los intereses políticos del momento:
¿La Inquisición? Su antiguo poder no existía ya: la autoridad horrible que este tribunal sanguinario había ejercido en otros tiempos quedaba reducida, quedaba muy reducida ... el Santo Oficio había venido a parar en ser una especie de comisión para la censura de libros, no más ...
De hecho, las obras prohibidas circulaban con fluidez en entornos públicos, como las librerías de SevillaSalamanca o Valladolid.